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¿Cuándo Stranger Things (Hermanos Duffer, 2016- ) se convirtió en una serie más?

16.11.2017

 

      Convertido ya en uno de los jugadores más importantes del tablero audiovisual, Netflix no podía dejar de apostar por una de las sorpresas del año pasado. Stranger Things (Hermanos Duffer, 2016) nos sorprendió a todos por su savoir faire: ni la historia ni los personajes eran algo original (eran puros refritos de los años ochenta), pero el acabado, tanto técnico como narrativo, eran impecables. Personajes entrañables, un guión cerrado y un lenguaje visualmente impresionante, capaz de crear una potente iconografía pop, la convirtieron en una de las series del año. Sin embargo, en un mundo dominado por la narrativa seriada, con la presión de seguir siendo relevante capítulo tras capítulo y temporada tras temporada, mantener el nivel se convierte en una misión imposible. Los hermanos Duffer lo han intentado y, por desgracia, no lo han conseguido.

 

       Si la primera temporada era fresca (dentro de su clasicismo) y muy impactante, esta segunda entrega se queda bastante corta. Nuestro primer contacto con Hawkins y los chicos, la historia de Eleven o el Upside Down, nos pillaron por sorpresa y nos engancharon instantáneamente. Había algo en el ambiente que nos hacía sentir como en casa, cómodos pero muy interesados. Pero ahora ya conocemos Hawkins; los niños han crecido (¡Dustin ahora tiene dientes!) y el Upside Down ya no nos da tanto miedo. Hay elementos nuevos muy llamativos, como la rebelde Mad Max (Sadie Sink) o el propio Will (Noah Schnapp), sin olvidar el “malo final”, ese ente aracnídeo que acecha sobre todos. Había elementos intrigantes que podían florecer en algo diferente, en una vuelta de tuerca a lo que ya conocíamos. Pero esas expectativas se marchitaron con el desarrollo de la historia, cual Upside Down.

 

            El eterno problema de las segundas partes yace en crear algo totalmente fresco pero sin perder de vista los elementos clave de la primera parte. Es decir, tiene que ser algo nuevo pero a la vez no. ¿Cómo se conjuga eso? Hay tres formas de hacerlo. Una buena forma es Terminator II: Judgement Day (James Cameron, 1991). En la secuela Cameron logró conservar los rasgos definitorios del T-800 (Arnold Swchwarzenegger) pero con una vuelta de tuerca: ahora su misión no era eliminar a Sarah Connor (Linda Hamilton) sino proteger a John Connor (Edward Furlong). La forma intermedia de volver a un universo conocido es Star Wars: The Force Awakens (J.J. Abrams, 2015), en la que al principio todo era nuevo y excitante pero poco a poco se iba convirtiendo en Star Wars: Una nueva esperanza (George Lucas, 1977) (¡incluso había una estrella de la muerte!). Y, por último, hay un ejemplo que nunca deberíamos seguir: Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Steven Spielberg, 2008). Spielberg patinó como pocas veces haciendo un puro refrito de una de sus creaciones estrella, sin ser capaz de aportar nada nuevo y haciendo el ridículo con un Indy envejecido con pretensiones de juventud (por no hablar del intenso de Shia LaBeouf). Stranger Things 2 se parece más al Star Wars de Abrams, porque sigue siendo un producto impecable aunque con una capacidad limitada de renovarse. No llega a ser Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (excepto por un infame capítulo) pero si sigue esta línea, la temporada 3 puede convertirse exactamente en eso.

 

            Los hermanos Duffer han sufrido para proponernos nuevas ideas. Mad Max es uno de los grandes aciertos, por introducir una divertida tensión amorosa en el triángulo que forma con Lucas (Caleb McLaughlin) y Dustin. Los personajes van poco a poco creciendo y dejando de ser niños, dando paso a una incipiente pubertad (y el descubrimiento del otro sexo). Otra gran y agradable sorpresa es Noah Schnapp, que demuestra unas habilidades interpretativas impresionantes y totalmente inesperadas (recordemos que Will pasó toda la primera temporada en el Upside Down en un rol bastante secundario). En esta ocasión Will está mucho más presente y no solo está a la altura, sino que es protagonista de los momentos más intensos y perturbadores de la temporada. Más allá del Mind Flayer, que se queda en una potente imagen con un interior bastante vacío, Will “el espía” introduce la sospecha en el seno del grupo, forzando a todos a replantearse su relación con él y a darse cuenta de que el mal no siempre viene en forma de Demogorgon (personaje aterrador que se vuelve un malo barato al ser convertido aquí en un simple perro rabioso).

 

       Lo que peor hace esta entrega es el desarrollo de los personajes, totalmente errático y mecánico, perdiendo la organicidad que tenían. El caso más flagrante es el de Eleven, cuyo trasfondo nos intrigaba pero que nos hace preguntarnos si realmente era necesario contarlo, especialmente si se hace tan mal. Porque si la temporada empieza bien, toca fondo en el capítulo 7 en un extraño y prescindible desvarío de guión. Queriendo explicar el viaje emocional que experimenta Eleven para decidir volver con sus amigos, los hermanos Duffer se embarcan en un capítulo à la X-men que se sale de tono completamente. Personajes desconocidos y esterotipados, escenarios más propios de Watchmen y, sobre todo, una trama delirante y bochornosa nos hacen creer que nos hemos equivocado al seleccionar el capítulo y estamos viendo una versión teenager de Heroes. No hay ni rastro de los niños que tanto nos gustan, ni del apacible pueblecito en el que transcurren las historias, ni siquiera de Eleven, disfrazada de punk de la MTV, forzada a utilizar técnicas más propias del lado oscuro de la fuerza para entrenar su poder. El único consuelo es que si quitamos este capítulo de la lista apenas se resiente la trama de la temporada, pero que vergüenza ajena nos han hecho pasar…

 

            Por último, está el cliffhanger. En la primera temporada, aunque innecesario, el final nos dejaba súper intrigados tras ver a Will escupir aquella babosa horrible y cómo el Upside Down volvía en forma de flashes. Era muy inquietante porque, por un lado proponía que no todo había terminado, y por otro mostraba una versión evolucionada de los malos de la historia. Pero en esta ocasión lo único que se les ha ocurrido es que “el malo no estaba realmente vencido”. ¿Pero qué es esto? ¿Cómo se les ha podido ocurrir algo tan barato como simplemente sacar un plano del malo final, sin más? La imaginación de aquella babosa asquerosa supera millones de veces a algo carente de vida que más podría ser una imposición de Netflix que de los propios directores. En definitiva, una temporada pasable, entretenida, pero carente de esa luz que la hacía tan especial. Stranger Things se ha convertido en una serie más, ni más ni menos.

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