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Cold War (2018): Pawlikowski cumple de nuevo

19.05.2018

 

            Pawel Pawlikowski está siendo jaleado como el renovador del cine polaco, en ocasiones comparándolo en calidad al famoso director Andrzej Wajda. Con su primera película Ida (2013), el sobrio retrato en blanco y negro de una novicia a punto de asumir los votos, se llevó el primer Oscar a Mejor Película Extranjera para Polonia. Y con su segunda película compitiendo en el Festival de Cannes se confirma uno de los grandes autores del momento. En esta ocasión su propuesta, Cold War (2018), es la tormentosa historia de amor entre un músico y una cantante ambientada en los años del estalinismo y la Guerra Fría.

 

         Pawlikowski realiza otro gran ejercicio de estilo que sobresale en el apartado visual. Rodada en un blanco y negro más duro que apuesta por un contraste más fuerte que Ida (por la que el director de fotografía Lukasz Zal ya ganó el premio de la American Society of Cinematographers), Cold War utiliza una cámara más libre e inestable, que se mueve y apoya más a los personajes. Pero no por ello se abandonan unas composiciones casi pictóricas que en esta ocasión nos retrotraen a filmes como Brief Encounter (David Lean, 1945), con elegantes movimientos de cámara que buscan emular el clasicismo visual de la época que retrata.

 

              Y es que, como decía Pawlikowski, la película está imbuida de nostalgia, no por los años del estalinismo sino por la capacidad de sentarse a presenciar cómo se desarrolla una historia de amor, tarea compleja en un mundo tan inundado de imágenes como el actual. El director polaco apuesta por una historia sincopada, basada en grandes elipsis temporales para mostrar momentos clave en esta turbulenta relación. Sólo nos cuenta el esqueleto de la película, la estructura casi desnuda, sin ornamentos narrativos (sólo estéticos) y prácticamente ni eso. Porque las escenas están construidas de tal forma que cuando estalla el conflicto Pawlikowski corta, resolviéndolo de forma retroactiva en la siguiente secuencia. Es decir, omite lo verdaderamente importante, lo cual es muy romántico en sí mismo, pues da a los personajes intimidad y nos permite a nosotros construir nuestra propia historia. Sin embargo es en el guion donde flaquea. La historia funciona bastante bien aunque es en ocasiones truculenta, muy sufrida y a veces sin justificación. Y es en el último tercio cuando descarrila y se desinfla hasta desembocar en un final que no se merecen ni la historia, ni los personajes ni tampoco los espectadores.

 

            Cold War no es Ida, desgraciadamente, pero sigue siendo una película solvente que permite a Pawlikowski seguir creciendo. Su forma de dirigir es esquiva, insinuante, indirecta y el lugar donde coloca la cámara único y su uso de la luz únicos. En ocasiones corre el riesgo de que la historia sea devorada por la estética pero su estilo parece estar íntimamente ligado a la creación de esas imágenes tan poderosas. Pero las imágenes hay que llenarlas de contenido y ver cómo ciertas decisiones de guion cuestionan a un director tan talentoso no debería suceder nunca. En cualquier caso, Pawlikowski lleva sólo dos películas y todo indica que en los años venideros va a sorprendernos aún más de lo que ya lo ha hecho.

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