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Visiones del autoritarismo en 10 years in Thailand (2018)

10.05.2018

 

           En 2014 las Reales Fuerzas Armadas de Tailandia tomaron el control del país mediante un golpe de estado, que desde entonces se ha sumido en una deriva autoritaria cada vez más pronunciada, limitando la libertad de expresión y reprimiendo cada vez más la disidencia. De forma casi paralela, desde que el director Apichatpong Weerasethakul ganara la Palma de Oro por Uncle Boonme who can recall his past lives, el cine tailandés ha generado internacionalmente un gran interés por su especial aproximación a la narración cinematográfica. Esa popularidad vive un nuevo episodio en el 71º Festival de Cannes, donde se presenta la película 10 years in Thailand (2018) en la sección Proyecciones Especiales, un filme que no hace sino indagar en la situación política y social de un país tradicionalmente pacífico pero con acentuadas tendencias autoritarias.

 

          La película parte de la premisa de “¿cómo será Tailandia dentro de diez años?”. Cuatro directores tailandeses, entre los cuales el propio Weerasethakul, realizan sendos fragmentos explorando hacia dónde se dirige su país. El conjunto funciona razonablemente bien, especialmente teniendo en cuenta la gran heterogeneidad de estos cuatro autores. El primero, Aditya Assarat, opta por un relato más convencional, poco arriesgado aunque con un mensaje muy claro: el arte suele ser la primera víctima. En cuanto a Apichatpong, su narrativa continúa su línea minimalista de planos largos, poco contenido y largos silencios aparentemente vacíos. Pero si nos limitásemos a estos dos relatos el filme no alcanzaría las cotas de innovación expresiva que aportan los otros dos directores, Wisit Sasanatieng y, muy especialmente, Chulayarnnon Siriphol.

 

          Planetarium, el fragmento de Siriphol es una visión videoclipera y vaporwave del totalitarismo, la anulación de los individuos, así como de la tortura y el lavado de cerebro. El planteamiento es muy extrañanante, con una puesta en escena estilizada y manierista, totalmente alejada del realismo de sus compañeros cineastas. Aquí reina lo irreal, lo falso, la fachada, la hipocresía, las sonrisas forzadas, todo en pos de un régimen tan estúpido como poderoso. Siriphol ridiculiza a los gobernantes pero especialmente a los secuaces, infantilizándolos a ellos y a toda su estructura. Pero hay un momento de ruptura estética impresionante que deriva en un viaje astral hacia el subconsciente de la disidencia capaz de llevar al espectador a lugares sorprendentes, mostrando de forma muy colorida y terrorífica cómo las estructuras del estado pueden “reprogramar” o eliminar totalmente a los electrones libres que no se someten. Con características que recuerdan al vaporwave (estética que mezcla elementos de la escultura griega clásica con patrones gráficos típicos de la informática de los años 90) , el trabajo de dirección artística es simplemente espectacular, capaz de crear una atmósfera muy irreal y a la vez extrañamente capaz de conectar con nosotros.

 

             Parece poco probable que 10 years in Thailand se distribuya en nuestro país, pero si alguna vez se proyecta en España estamos sin duda ante una obra muy estimulante por su experimentación formal, especialmente en el caso del ya mencionado Siriphol. En cuanto a Weerasethakul, su cine parece irregular, con ciertos momentos interesantes o películas concretas (como la veraz Mekong Hotel), pero que en este caso no logra conectar con el público. En cualquier caso, el verdadero descubrimiento en esta ocasión es el de Chulayarnnon Siriphol: muy atentos a este joven cineasta, que en años venideros puede dar la campanada en la Croisette.

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