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Voyage of Time (Terrence Malick, 2016): y Malick dejó de interesarnos

06.02.2018

 

          Tras dirigir tan solo cinco películas en casi cuatro décadas, a la edad de 68 años Terrence Malick tuvo una epifanía y decidió dedicarse al cine a tiempo completo. Desde el estreno de The Tree of Life (2011) e incluyéndola, Malick ha dirigido ya cinco películas (con una sexta en postproducción), lo que hace una media de una y media al año. Quizá tras una vida dedicada a la filosofía (se graduó por la Universidad de Harvard y ha sido profesor en el MIT) con esporádicas incursiones cinematográficas, el director texano tomó la decisión de expresarse como realmente necesitaba y lanzarse. Pero la fecundidad creativa que ha demostrado en los últimos años no es tan pronunciada si se tiene en cuenta que “Terry” ha trabajado de forma continuada en una sola película desde los años setenta: Voyage of Time: Life’s Journey (2016), un relato épico sobre el origen del universo, de la vida, y de nuestra propia existencia. Sobre el papel parece que un filme de Malick sobre este tema debe ser el summum de su estilo, y sin embargo carece de la fuerza de otras de sus películas.

 

         Si algo caracteriza a su cine es que está impregnado de una filosofía panteísta que, aunque presente en el resto de sus filmes, no ocupaba el lugar central que encontramos en esta película. En Voyage of Time el propio tema es el universo y nuestra relación con él, nuestro lugar en un contexto sin límites y de difícil definición. La naturaleza, entendida como materia divina de la que todo emana y a la que todo vuelve, nos envuelve y nos sacude, nos da la vida y nos la quita, nos acoge durante nuestra breve existencia. Podemos identificar estos elementos en The Thin Red Line (1998) o en The New World (2005), pero no fue hasta The Tree of Life cuando Malick lo abordó directamente en una controvertida pero poderosísima secuencia que resumía la creación del universo y de la propia vida. Esos impactantes minutos estaban emparentados con una serie de rodajes esporádicos que Malick llevó a cabo durante 30 años para un proyecto que finalmente se concretó en Voyage of Time. Y aquí es cuando Malick más cómodo parece sentirse, en una especie de abstracta y sensorial lección de filosofía que intenta responder a las preguntas existenciales del ser humano.

 

         Malick lleva su lenguaje al paroxismo con bellísimas imágenes, de la abstracción del universo y las partículas elementales a la emoción del ser humano que anhela entender su realidad. La película es un viaje sensorial a través del tiempo y el espacio que, mediante la oda, intenta comprender ese esquivo lugar en el que existimos. Le acompaña la ya tradicional voz en off (esta vez de la genial Cate Blanchett) y unas imágenes de estética amateur que sugieren que haya sido el propio Malick quien las grabase durante sus viajes. Estas extrañas imágenes son un buen contrapunto por su estética sucia e inestable, generando un conflicto narrativo y aportando un punto de vista subjetivo muy de agradecer. Visualmente estamos ante un ejercicio incomparable, tanto a nivel cromático como compositivo. Esas imágenes serán difíciles de olvidar. Sin embargo, no generan ni mucho menos la misma sensación que aquella secuencia de The Tree of Life. Mientras que en aquel caso la reflexión quedaba circunscrita a unos pocos minutos, la consiguiente profundización al llevarlo a un largometraje no llega a suceder. Voyage of Time es demasiado críptica, no es capaz de caminar en esa estrecha línea que separa lo indescifrable de lo estimulante, provocando desconcierto en el espectador. En otras ocasiones Malick se apoya en la narrativa, en personajes, para luego olvidarse de ellos, pero al menos podemos agarrarnos a algo cuando no comprendamos las imágenes. En esta ocasión, la experimentación no juega a favor sino en contra, extrañando al espectador y alejándolo de la película.

 

           Desgraciadamente Terrence Malick ya no levanta las pasiones que suscitaba cada vez que sacaba una nueva película (es decir, cada 15 años). Sus películas, apasionantes y místicas, satisfacían al espectador ávido de un cine diferente y muy personal. Sin embargo, quizá debido a esa repentina fertilidad, Malick comienza a desinflarse, ha perdido el crédito tan alto que logró hace unos años. Con To the Wonder (2012) nos avisó y con Voyage of Time nos confirma que Terrence Malick nos ha dejado de interesar.

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