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Documentalizar la ficción en 120 battements par minute (Robin Campillo, 2017)

19.01.2018

 

          El tema de 120 battements par minute (Robin Campillo, 2017) es demoledor. La historia del grupo activista ACT UP Paris, centrado en la lucha contra el SIDA y la visibilización de los seropostivos (entre otras muchas cosas) a principios de los noventa, augura una historia triste con un final previsiblemente amargo. Pues bien, 120 battements par minute es eso pero también mucho, mucho más. La cinta elegida para representar a Francia en los Oscars es un gran ejercicio de sensibilidad y coherencia formal.

 

      Lo que hace que la película destaque es la veracidad que respira. Robin Campillo demuestra su enorme implicación para con el tema a la hora de “documentalizar” la ficción. Fogueado como guionista (es el creador de la película y posterior serie Les revenants) y montador (con éxitos como Entre les murs), este “cineasta de lo real” se sirve de una cámara en mano muy orgánica, en continua búsqueda, hambrienta por encontrar esa verdad que se nos escapa continuamente. Su lenguaje se guía únicamente por la emoción, resultando en una estética “feista” en la cual la fotografía no destaca, ni el montaje, casi ni los actores, porque todo camina en una única dirección. Se crea una sensación de lenguaje sucio, propia del documental más guerrillero, en el que el cineasta se agarra a esa frágil e huidiza imagen que contiene la suficiente verdad para ser rescatada y colocada entre otras cientos de imágenes similares. El resultado es un mosaico imperfecto en lo particular pero capaz de concentrar mucha información en el conjunto.

 

         Y es que ese camino, de lo abstracto a lo concreto, de la política a la emoción, es el gran concepto del que parte 120 battements par minute. Podríamos dividir la película vagamente en dos partes. La primera, mucho más política y combativa, se centra en describir el contexto y, sobre todo, el funcionamiento de la lucha de ACT UP Paris. Como si fuésemos un activista más, asistimos a las asambleas semanales, en las que se producen furiosos y apasionantes intercambios de ideas; se ofrecen estrategias para desestigmatizar a los enfermos; se preparan acciones políticas contra las compañías farmacéuticas… Estas reuniones son el caldo de cultivo de un movimiento muy vivo en un momento histórico muy complejo. Pero ACT UP Paris simboliza, sobre todo, el lugar de encuentro para personas golpeadas por la enfermedad (terminal en aquel momento), donde conocer historias diferentes a la propia y, lo más importante, construir nuevas. En eso se centra la segunda parte, en describir la relación entre Nathan (Arnaud Valois) y Sean (Nahuel Pérez Biscayart) y del progresivo deterioro de este último a causa de la implacable enfermedad. Si la primera parte apela más a la razón, aquí Campillo apunta directo al corazón. Sin el más mínimo atisbo de sentimentalismo, tiene lugar esa historia previsible desde el principio, sí, pero narrada con un gran pulso, una sobriedad extrema y gran emotividad. Los personajes ganan presencia y la lucha cobra aún más sentido que antes. Vale la pena destacar el trabajo de Nahuel Pérez Biscayart, tanto física como emocionalmente, por la verdad con que afronta un personaje muy complicado.

 

        Por último, Campillo cierra con una secuencia final que condensa los tres pilares sobre los que se basa la película. Uno de ellos es el sexo, origen de todo, causa de la terrible enfermedad pero a la vez alivio y elemento cohesionador. El otro bloque es la lucha incansable por unas ideas. Pero esa pelea se articula en torno a un gran amor por la vida, en una actitud siempre optimista y festiva que hace evidente que toda acción es política, ya sea irrumpir en las oficinas de una farmacéutica o disfrutar de una fiesta en una discoteca. Nada ni nadie puede parar a esta gente de hacer lo que quiere: vivir la vida al máximo, como si se acabase mañana. Campillo resume estos tres conceptos en una secuencia final mágica que es a la vez sexual, política y vitalista.

 

       Lejos quedan ya los años en los que tener SIDA significaba la muerte. Sin embargo, gracias a películas como 120 battements par minute queda el recuerdo de unos años tristes pero apasionantes y, especialmente, de unas personas luchadoras que nunca se rindieron y exprimieron la vida al máximo impulsados por su amor a los demás.

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