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Las mejores historias no tienen final: Wormwood (Errol Morris, 2017)

03.01.2018

 

          Empezar este artículo diciendo que Wormwood (Errol Morris, 2017) es la mejor serie de 2017 sería absurdo. En primer lugar, porque no le haría justicia. Lo último de Errol Morris no es una serie ni una película larga, es algo más, algo que aún no tiene una denominación. Con una duración de 258 minutos y estructura capitular, Wormwood podría encajarse en el género true crime que popularizó a Netflix con hallazgos como Making a Murderer (Moira Demos, Laura Ricciardi, 2015) o respuestas de la competencia (HBO) como The Jinx: The Life and Deaths of Robert Durst (Andrew Jarecki, 2015). Sin embargo, Morris le da la vuelta al género y elabora una compleja y laboriosa reflexión acerca de la propia naturaleza de la narración y de cómo se construyen las historias. Wormwood no es el relato de un asesinato sino la historia de las historias.

 

         El propio planteamiento de la serie muestra la naturaleza esquiva del material. En 1953, Frank Olson (Peter Sarsgaard), agente de la CIA, es sometido sin su consentimiento a una serie de experimentos con LSD y, tras un extraño viaje a Nueva York, acaba cayendo al vacío desde el décimo piso de su hotel. ¿Suicidio o asesinato? Las piezas del puzzle parecen no encajar, lo cual lleva a a su hijo Eric a emprender una larguísima y engañosa labor investigadora para esclarecer qué sucedió realmente. Este punto de partida vaticina la complejidad de un tema en el que se entremezclan la CIA, el ejército estadounidense, la guerra bacteriológica, la Guerra Fría, los experimentos de control mental y las ejecuciones secretas, embarullando la historia hasta tal punto que prácticamente no hay forma de saber qué sucedió realmente. Morris trabaja desde el principio con múltiples versiones de los hechos que van variando a lo largo de seis décadas, cada una elaborada por una fuente con intereses personales. Nos hundimos en un mar de documentación, de testimonios, de declaraciones juradas, de ruedas de prensa... La cantidad de material es simplemente abrumadora, la tarea de darle un sentido a todo parece imposible. Pero Morris, documentalista experimentado, consigue extraer una reflexión de todo ese caos y, lo que es más importante, darle una forma coherente y atractiva.

 

            El gran valor de Wormwood es su capacidad para mezclar realidad y ficción de forma totalmente casual. La naturaleza del material es múltiple: hay entrevistas a los personajes involucrados, pero también hay ficción, material de archivo (cinematográfico, televisivo y amateur), documentación en papel, periódicos, fotografías, recursos experimentales... Todo esto se articula en un contínuum fluido que funciona porque nunca se pierde el foco de lo verdaderamente importante: la pregunta. Y esa cuestión no es otra sino ¿de qué va esta historia? Eric Olson se ha pasado toda la vida planteándosela, porque la respuesta es lo único que podría explicar lo que le sucedió a su padre (suicidio, asesinato, motivos...) y, por tanto, darle descanso. Pero mantener siempre presente la pregunta es lo que logra que funcione tan bien el cambio de materiales, porque existen tantas versiones que provienen de tantos sitios que se pueden contar de forma tan diferente que reflejarlo formalmente se convierte en una obligación. Eric Olson, doctor por la Universidad de Harvard, probablemente influido por ese océano inconexo de información que inundó su juventud, creó un método de diagnóstico psiquiátrico basado en el collage: la terapia se articula en torno a preguntas y a la observación de la relación entre el paciente y las imágenes. Morris se apropia del concepto de collage creando complejas composiciones con múltiples puntos de interés (texto e imágenes) y también recurre a pantallas partidas (en ocasiones hasta 8 imágenes distintas), reflejando cómo diferentes versiones pueden convivir al mismo tiempo y ser todas ciertas.

 

            Ante este problema para identificar cuál es la versión verdadera, con tantos personajes que inventan su propia historia, se plantea qué es lo que importa realmente a la hora de narrar: ¿son los hechos? ¿Son los personajes? ¿Son las emociones? Al final lo más llamativo no es encontrar la respuesta, sino escuchar el relato del esfuerzo incesante que Eric Olson ha puesto en responder a estas preguntas. El periodista Seymour Hersh, guardián de la que podría ser la versión final de los hechos (¿puede siquiera existir algo así?), lo deja bien claro: “las mejores historias no tienen final”. En la vida, lo que nos sucede no tiene resolución, los finales no son más que un invento que nos ayuda a cerrar capítulos y a abrir otros. Y es que para Eric Olson la oportunidad de una conclusión se perdió hace muchos años. Tras una vida entera dedicada a su fallecido padre, la falta de un cierre, de un final para esta historia, es igual que el ajenjo (wormwood en inglés): amargo.

 

        Netflix ha tenido problemas a la hora de enviar Wormwood a las convocatorias de premios debido a su naturaleza híbrida. Las bases de los concursos sólo plantean la dicotomía ficción-documental, forzando la inscripción en categorías en las que este tipo de productos nunca encajará. La lucha del Otro Cine por hacerse un hueco y ampliar las consideraciones de lo que es cine continúa, siendo Wormwood el último caballo de batalla en una industria más preocupada por etiquetas que por la calidad de sus historias. Puede que los premios eludan a Errol Morris (laureado por otra parte en varias ocasiones) pero su extraordinario talento como narrador capaz de superar todas las convenciones sigue tan presente como siempre.

 

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