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Cara a cara con el mal en Mindhunter (Joe Penhall, 2017)

24.11.2017

 

            Mindhunter (Joe Penhall, 2017) no es fácil de ver. No es una serie directa que vaya al grano, sino más bien sinuosa, subterránea, enemiga de lo evidente. Detrás de ella se encuentra David Fincher contando la historia de cómo el FBI decidió ensuciarse las manos e investigar la psicología tras los más brutales asesinatos yendo precisamente a su origen: los propios asesinos. Dos agentes del FBI, Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany), recorren el país entrevistándose con los perpetradores de los asesinatos más violentos que se recuerdan. Y todo en un momento histórico, los años setenta, en el que hablar con estas personas ni siquiera se contemplaba. Cambiaron el FBI y la forma de investigar asesinatos en serie. ¿Pero cómo?

 

         Antes de nada, para ver Mindhunter casi hace falta un manual de psicología. Especialmente en los primeros capítulos, en los cuales nos encontramos con una aproximación muy densa y compleja a la ciencia del comportamiento y a los patrones que llevan a determinados individuos a perpetrar actos violentos. Hay múltiples secuencias de clases o de explicaciones de expertos que nos van poco a poco introduciendo en un tema fascinante e inexplorado. Se van sucediendo personajes carismáticos como Ed Kemper (Cameron Britton) o Jerry Brudos (Happy Anderson) que van poco a poco desvelando que factores como el género (todos son hombres), la figura materna o la infancia pueden dar lugar a personalidades problemáticas.

 

        El descubrimiento de patrones de comportamiento y el desarrollo de técnicas para atrapar a estos individuos hacen del visionado de la serie una experiencia excitante e intrigante a la vez. Los personajes generan una gran fascinación y los descubrimientos y avances nos hacen interesarnos cada vez más. Pero a medida que avanza la serie nos damos dando cuenta de que lo realmente importante, como siempre, no es el contenido, sino el continente. Es decir, la historia se centra en narrar el avance de la investigación, limitando el espacio dedicado al desarrollo de los personajes. Nuestra atención está mucho más dirigida a cómo se pueden aplicar todos esos conocimientos en la acción policial que en las relaciones personales, que se muestran de una manera casi meramente anecdótica. Sin embargo, con el pasar de los capítulos, los personajes van cobrando más y más fuerza, hasta que ambos elementos, investigación y personajes, convergen en un capítulo final brillante. En el capítulo 10 se concluye el arco de Holden, un personaje aparentemente anodino que en este capítulo (especialmente en este) nos muestra hasta donde puede llegar en su afán investigador y qué consecuencias reales puede tener eso.

 

            Lo más fascinante de Mindhunter es cómo Holden se parece mucho más a sus “queridos” asesinos en serie de lo que cree. Su constante coqueteo con el mal personificado, tímido al inicio y extrañamente cómodo al final, le va poco a poco separando de su entorno y acercándole cada vez más a los convictos. El punto de partida de la serie es un hecho que provoca en Holden una inseguridad extrema que el agente intentará suplir dedicándose al estudio. Pero al ver que se le da especialmente bien, la inseguridad inicial se va convirtiendo en confianza para degenerar en atrevimiento y acabar en soberbia. Holden, que se cree superior no solo a los asesinos, sino también a sus propios compañeros, rebasa una línea que nadie más quiere cruzar. Lo que para él son métodos para acercarse a los sujetos se revela como una forma de confraternizar con el enemigo. La cristalización de este comportamiento tiene lugar en el último capítulo, cuando, tras haber perdido todo lo que le importa, Holden se reúne con Kemper, el asesino múltiple. En una escena magistral, Holden se ve cara a cara con el miedo, por primera vez es capaz de ver a Kemper no como un “amigo de trabajo” sino como el asesino peligroso que es. La visceral realidad se impone de golpe a alguien que ha estado obcecado por sujetos abstractos que de pronto cobran vida ante él. Se produce en ese momento una catarsis fascinante y Holden se da cuenta de todo lo que ha sucedido, del fuego con el que ha jugado y de lo peligroso de confraternizar con estos individuos. No se puede uno rebajar a comportamientos indefendibles bajo el pretexto de la investigación científica. El fin no puede justificar los medios aquí, y Holden se ve forzado a replantearse todo su posicionamiento moral para con un estudio que, hasta ahora, ha sido para él como analizar muestras de rocas inertes. Pero esos asesinos son personas de carne y hueso, no bacterias en una placa de Petri.

 

      En última instancia, lo genial de Mindhunter es una puesta en escena cuidadísima, sencilla y sin alardes de ningún tipo. No hay nada superfluo y la narración está enfocada siempre en la misma dirección. Y sin embargo estamos ante puro subtexto, ante una narración oculta tras lo visible que es aún más fascinante. Las relaciones entre los personajes, sus motivaciones para realizar ese trabajo y también la forma en que cada uno procesa la información que van obteniendo son los factores que la convierten en algo más que una simple historia detectivesca. De la misma forma en que Holden intenta descifrar a sus interrogados, los espectadores estamos continuamente intentando entender a los personajes y el porqué de sus decisiones.

 

            Por supuesto, habrá segunda temporada. Y al parecer puede que la serie tome forma de antología, aún no está claro. En cualquier caso, Mindhunter es, en este panorama seriéfilo superpoblado, una genialidad narrativa impresionante. Hay que verla sí o sí. Sólo por ver a David Fincher en acción vale la pena.

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