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Blade Runner 2049 (Dennis Villeneuve, 2017): la búsqueda de lo real

18.10.2017

 

       ¿Cómo podemos distinguir lo real de lo artificial? ¿Cómo se diferencia lo genuino de la copia? ¿Qué define lo que es real? Todo depende, en última instancia, de nosotros mismos. Nada es blanco o negro y pueden convivir múltiples verdades al mismo tiempo. En un mundo dominado por lo artificial ¿cómo se experimenta la realidad? Muchas de estas preguntas ya estaban presentes en Blade Runner (Ridley Scott, 1982), aunque es en Blade Runner 2049 (Dennis Villeneuve, 2017) donde se plantean de forma más evidente. Mientras que en la primera parte se exploraba más bien el concepto de humanidad, de lo que nos hace ser lo que somos, en esta secuela se plantean las preguntas que ayuden a definir “lo real”. Han pasado treinta años pero el universo de Philip K. Dick sigue evolucionando.

 

          La Tierra del universo Blade Runner, y más concretamente la ciudad de Los Angeles, es un lugar plagado de lo sintético. La comida es sintética, el plástico y el cemento construyen el mundo, los animales son sustituidos por copias idénticas y los replicantes habitan entre los humanos. Nada, absolutamente nada es real. Ni siquiera la omnipresente publicidad, presentada exclusivamente en forma holográfica. Ese es el mundo en el que se mueve K (Ryan Gosling), el humano artificial que elimina a otros humanos artificiales. Despreciado por los verdaderos humanos, K es consciente de su “gran fallo”, de que nunca nació, y por tanto carece totalmente de aquello que para él nos hace humanos: el alma. Todos los personajes comparten esa inquietud por vivir una efímera experiencia real. Y, como de una matrioska se tratase, distintos niveles de realidad se encierran progresivamente. La teniente Joshi (Robin Wright), humana 100%, se mueve en un estrato social superior a los replicantes. Les entiende como perfectos compañeros de trabajo, pero sin ningún tipo de función social. La mayoría de sus congéneres, en cambio, desprecian a los “pellejudos” por no ser personas de verdad. Sin embargo, la propia Joshi, a pesar de ser completamente humana y, podríamos decir, genuina, siente en un momento el impulso. Aunque es un personaje femenino en total control de sus acciones y con plena autoridad, en cierto momento se deja llevar y desliza una insinuación hacia K; la realidad misma no es suficiente para ella y necesita experimentar algo diferente. En cuanto a K, el personaje con el mayor conflicto identitario de la película, su gran dilema es discernir qué experiencias son reales y cuáles no. Por un lado, su mundo se desmorona cuando sus recuerdos, una realidad falsa pero plenamente asumida por él, resultan verdaderos. Su percepción de sí mismo como ser artificial se tambalea totalmente, diluyendo esa línea antes tan definida entre sintético y orgánico. De un momento a otro, K puede ser “real”. Por otro lado, este replicante busca su propia experiencia real a través del extraño amor que profesa hacia Joi (Ana de Armas). Representada astutamente como un etéreo holograma, Joi es el último escalón en la pirámide de humanos artificiales. Incorpórea y dependiente de la tecnología (y, por tanto, lo creado), esta simulación programada para amar proporciona a K el calor humano que tanto anhela. Pero a medida que vamos de lo “verdadero” a lo “falso” se van perdiendo elementos clave: los humanos distinguen a los replicantes por su sumisión; y el replicante K es consciente de los glitches que sufre Joi. Y sin embargo, todos y cada uno de los personajes de la película buscan ese pedacito de realidad.

 

           Pero lo que uno debe preguntarse realmente es ¿qué define lo real? Por ejemplo, el perro de Deckard (Harrison Ford). K pregunta si es real, a lo que Deckard responde “Pregúntaselo a él”. Ese perro, sea replicante o verdadero ¿es menos real por ello? ¿La experiencia de estar con ese perro es menos genuina? Eso “real” es lo que Sapper Morton (Dave Bautista) define en cierto momento como un “milagro”. Ese “milagro” es lo que busca K a lo largo de la película, ese algo que le haga ver la realidad, que le despierte de esa especie de Matrix en el que vive. Y el revulsivo que encuentra, aquello que produce un cambio en él, es, irónicamente, una mentira. Una falsedad es la que le permite experimentar emociones hasta entonces desconocidas por él. Su procedencia, una “verdad” en base a los hechos que encuentra, se demuestra totalmente falsa: nunca fue el hijo de Deckard y Rachael (Sean Young). Pero su deseo de serlo es tan poderoso que no importa que no lo sea, lo significativo es que esa realidad es, para él, verdadera. No importan los hechos, sólo importa quiénes sentimos que somos. La realidad no es un concepto unívoco y unidireccional, sino que es percibida y moldeada por cada uno. Millones de realidades simultáneas tienen lugar a la vez y todas son perfectamente compatibles, porque todo depende de cómo uno mismo configure su percepción. La forma en que K interpreta las informaciones le permite transcender, elevarse por encima de sí mismo y evolucionar. Así le sucede también a Deckard, quien en cierto momento es confrontado con una versión falsa de su memoria y decide atenerse a la que él considera su realidad, por muy atractiva que parezca la otra y por muy dolorosa que sea renunciar a ella.

 

              Y ¿qué es verdaderamente real en Blade Runner? Sorprendentemente, los recuerdos. El único elemento al que se pueden agarrar los personajes es a la memoria. En un mundo en el que los registros desaparecieron por un apagón digital, el recuerdo de los seres queridos o las experiencias es lo único fiable. Ese caballito de madera, nacido del material de los sueños, se materializa para un K incapaz de procesar la sorprendente realidad que se presenta ante él. Como dice Ana Stelline (Carla Juri), la fabricante de recuerdos falsos, “hay algo de todo artista en su obra”. En su caso, el núcleo de su trabajo es siempre el elemento real de sus propios recuerdos. En cuanto a Deckard, su realidad se basa en vivir de la nostalgia. Su hogar es el casino “vintage” de Las Vegas, con sus ruletas analógicas y sus actuaciones (holográficas, cómo no) de iconos como Elvis, Liberace o Marilyn Monroe. Su microcosmos es un desierto naranja habitado por los recuerdos, lo único ya que le queda a un hombre que renunció a todo.

 

             Blade Runner 2049 es un logro artístico tanto de Hampton Fancher como de Dennis Villeneuve. No solo está a la altura de la original, sino que es capaz de modificarla y crear un díptico ya inseparable que nos habla de nosotros mismos. Escrita con maestría y dirigida con pulso firme, su lento discurrir permite recrearse en los fantásticos espacios imaginados por el director de fotografía Roger Deakins y el diseñador de producción Dennis Gassner. Entre todos han sido capaces de crear un relato visualmente irrepetible que permanecerá en nuestro recuerdo, aunque un pulso electromagnético borre todas las copias de la película. Villeneuve se consagra como el gran cineasta que es y ya nos mantiene en vilo esperando por su siguiente película y continuando esa renovación del género de la ciencia-ficción que con tanto saber hacer está transformando.

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