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Martín Cuenca vuelve con la metarreferencial El autor (2017)

23.09.2017

 

         Hay dos preguntas que todo artista se plantea alguna vez a lo largo de su vida: ¿tengo talento? ¿Valgo para esto? Esa cuestión, que para algunos es anecdótica, para otros se convierte en una absorbente y desgarradora obsesión. La mente del artista se ve dominada con frecuencia por la inseguridad, por el miedo a la página en blanco, y su vida se convierte en una búsqueda constante de “su voz”. La existencia se vicariza a través de la obra de autores endiosados, de personajes idealizados que acaban atrofiando el talento (mayor o menor) del artista. En última instancia, se puede acabar viviendo por y para cumplir un sueño que quizá no esté al alcance de la mano.

 

         El autor (Manuel Martín Cuenca), ganadora del Premio FIPRESCI en el Festival de Toronto, acaba de presentarse en San Sebastián y ya tiene grandes papeletas para llevarse la Concha de Oro. La adaptación de la novela El móvil de Javier Cercas, cuenta con una poderosa interpretación de Javier Gutiérrez que, de forma muy contenida, construye un personaje lleno de inseguridades, deseos y envidias que enternece por momentos, aterra por otros y en quien cualquiera puede verse reflejado. Martín Cuenca adopta un tono en El autor que se distancia bastante de su anterior película, navegando de forma equilibrada entre la risa y el drama, entre la comedia inteligente y el cine europeo. Se agradece mucho que tras la plomiza Caníbal (2013), que tan en serio se tomaba a sí misma, el director andaluz ironice tan acertadamente sobre los vericuetos del acto creador, tan traicioneros y caprichosos que a veces pueden volvernos locos. El perfecto ejemplo es el inicio de la película, que toma prestada una secuencia de Encounters at the end of the world (2007), poniendo como ejemplo de narración al director aleman Werner Herzog.

 

         La película cuenta la historia de Álvaro, fan de la literatura y escritor wannabe, quien se ve forzado a buscar “la verdad”, “lo otro” que está ahí fuera y puede ser carne de novela. Se genera un conflicto entre buscar esa realidad o vivirla, entre plasmarla en un Word o en salir a la calle. Nuestro personaje consigue por momentos experimentarla, pero su objetivo creador es tan fuerte que jamás terminará por vivir la vida misma, llevando su obsesión hasta las máximas consecuencias. La clave de la película la tiene, como no, el siempre sobresaliente Antonio de la Torre, cuando impele a Álvaro a coger la vida por los cuernos, a “poner los cojones encima de la mesa” y a “acabar el puto libro”, independientemente del talento o no que uno pueda tener. Porque al final, cuando creamos, lo hacemos porque disfrutamos del proceso, porque nos llena el momento del “eureka”, porque llegamos a lugares a los que no pensábamos llegar. La difusión, el reconocimiento, el éxito… Nada de eso debería importar porque nosotros ya hemos disfrutado al dar a luz a nuestro retoño. ¿Qué importa que alguien lea estas palabras? Pero ahora en serio: ¿realmente creamos por el placer de hacerlo o porque nuestra creación guste a los demás? ¿Buscamos la realización personal a través de la introspección o del reconocimiento ajeno?

 

          Estas son las preguntas que plantea El autor, algunas con respuestas y otras (como debe ser) sin responder. Cada uno tiene su propio proceso y motivación, sólo esperemos que eso no suponga nunca recurrir a las triquiñuelas de nuestro querido Álvaro: el desenlace nos puede sorprender.

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