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El paso de la vida en Mekong Hotel (Apichatpong Weeresethakul, 2012)

16.02.2017

 

            El cine es una constante búsqueda de nuevos lenguajes, expresiones y formas de comunicar lo que sentimos. Las emociones configuran nuestra vida en forma de un flujo desordenado y caótico. Apichatpong Weeresethakul, realizador tailandés de renombre, combina estos dos conceptos gran lirismo y capacidad evocadora en su “ensayo” de película Mekong Hotel. Su ¿documental? es la búsqueda de una película, la investigación de cómo narrar una historia y por tanto expresar algo muy íntimo y profundo. Realidad y ficción se entremezclan de forma tan libre y armónica que no importa si una imagen concreta es “real” o es ficción, solo importa que las emociones resultantes sean genuinas.

 

            La combinación de lenguajes que nos encontramos da lugar a diálogos trascendentales que conviven a la perfección con conversaciones anodinas. El documental, con su pátina de realidad, contagia a la ficción, equiparando temas como las inundaciones o el vampirismo de formas que al espectador le resultan absolutamente naturales. La extrema sencillez que se consigue, sin embargo, está cargada de un gran contenido, de una información imposible de traducir en palabras pero que se hace presente de forma más que evidente. Probablemente lo mejor de Mekong Hotel sea esa sensación de estar mirando hacia la vida misma, hacia el paso de los días, hacia la propia existencia del ser humano. Nada más y nada menos que mirar, sin pudor, unas vidas ajenas a las nuestras y sin embargo muy reales. Porque a pesar de que los conflictos entre una madre y una hija puedan deberse a motivos sobrenaturales, las emociones de cualquiera de las dos son absolutamente las mismas que sentiríamos nosotros. Y la película mágicamente capta esas sensaciones y las muestra inalteradas para que nosotros podamos asomarnos tímidamente.

 

            Pero Apichatpong también experimenta ideas diferentes, plantea lenguajes nuevos que pueden funcionar mejor o peor, pero desde luego no se conforma con las fórmulas existentes. La película es una expresión libre, sin restricciones, de algo que simplemente se ha abierto camino y es mejor que ello se dé forma a sí mismo. Porque esa es la sensación que uno tiene tras ver esta película, que se ha creado a sí misma de forma espontánea, sin intervención de la razón, solo de la emoción. Y ahí tenemos otro elemento de genialidad: cómo el propio director, a pesar de escribir, dirigir, producir, grabar, montar e incluso aparecer en la película, desaparece totalmente como autor. El espectador no repara en que estamos ante el producto de un auteur habitual del Festival de Cannes excepto cuando la película ya ha concluido. La exploración de temas personales se hace de forma universal: los espectadores asumimos las inquietudes de Apichatpong y las hacemos en nuestras sin darnos cuenta. Ese es el verdadero triunfo al que todo autor debe aspirar (y al que lamentablemente no todos llegan). ¿Qué es Mekong Hotel? Un ejercicio, un experimento de laboratorio que no teme equivocarse y caerse desde las alturas.

 

           

 

 

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