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Westworld: ¿complejidad o confusión narrativa?

26.12.2016

 

            Diez capítulos ha tardado Westworld en responder a todas nuestras preguntas. Ha sido una temporada larga y por momentos errática que ha provocado cierto desconcierto. Y sin embargo han sido capaces no solo de enmendarse sino de superar las expectativas con un season finale complejísimo y chocante.

 

            La ficción de HBO, remake de la excelente película homónima escrita y dirigida por Michael Crichton, tuvo un arranque estimulante aunque repleto de dudas. El piloto planteaba una serie de temáticas harto transitadas en la ciencia-ficción: inteligencia artificial, ética, conciencia, sentimientos, personalidades subrogadas… Como ya planteó Philip K. Dick: ¿pueden soñar los robots? Esos sueños ¿despiertan algo en lo más profundo de su ser? Y por otro lado se encontraba el papel del ser humano que juega a ser Dios, que crea y destruye a voluntad (como los ingenieros del parque) o de liberar nuestro “yo” verdadero, nuestra esencia más profunda y repugnante (como los visitantes). Estas temáticas se exploraban durante la temporada desde lugares comunes del género, sin aportar nada nuevo. Por otro lado, a nivel narrativo la serie se demostraba demasiado compleja, con múltiples tramas poco o nada conectadas entre sí; demasiados personajes principales y secundarios aunque con un gran trasfondo psicológico; cierta repetición de tramas y situaciones debido al carácter cíclico de las “narrativas” del parque. Todo esto provocaba que uno se preguntase: ¿hacia donde va esta serie? Quien mucho abarca poco aprieta y la temporada perdió interés.

 

            Sin embargo, hacia el séptimo capítulo parece que comenzaron a suceder cosas verdaderamente interesantes. El descubrimiento de que Bernard (Jeffrey Wright) era un huésped más, así como el “despertar” a su nueva naturaleza, agregaban un punto diferente a un planteamiento que no aportaba nada nuevo respecto a la Westworld original. Se empezó a oír hablar mucho del misterioso personaje de Arnold, el reverso “bueno” de Ford (Anthony Hopkins) y asistimos al asesinato de Theresa (Sidse Babett Knudsen). Pero la trama que realmente parecía tener potencial era la de Maeve (Thandie Newton) por ser el único personaje con un objetivo claro: escapar. Las intenciones del resto quedaban oscurecidas, nadie sabía por qué se nos contaban las historias de William (Jimmi Simpson), de Teddy (James Marsden) o qué era lo que buscaba realmente el Hombre de Negro (Ed Harris). Por no hablar de Dolores (Evan Rachel Wood), uno de los personajes más interesantes pero cuyo deambular por el parque provocaba desconcierto. Se planteaban demasiadas preguntas y no solo no se respondían, ni siquiera se insinuaban las respuestas.

 

      Y llegó el capítulo 10, el season finale, para explicárnoslo todo. Se respondieron casi todas las preguntas y cada trama cobró sentido: William era en realidad el Hombre de Negro y toda su trama había tenido lugar treinta años antes que el resto; Dolores había estado viajando entre sus recuerdos y el presente durante todo este tiempo; el centro del laberinto no era más que la conciencia de sí mismo, por lo que sólo los huéspedes podían acceder; Arnold consiguió que “despertaran” y por eso se suicidó; Maeve decide quedarse en el parque para buscar a su hija (rompiendo la narrativa de última hora que preveía que escapase); Ford presenta su nueva narrativa a la vez que lanza a un ejército de huéspedes contra la junta directiva del parque. Y todo esto en un complejísimo episodio de una hora y media de duración que requiere de más de un visionado para entenderlo (y no solo, de toda la temporada incluso). Es decir, todas las piezas que nos habían dado deberían cobrar sentido en un enorme puzle que habla, en última instancia, de unos seres humanos despreciables y de unos robots más humanos que nosotros. Y ahí es donde Westworld realmente marca la diferencia.

 

            No con mucha frecuencia encontramos historias de rebelión de máquinas que se centren en el paso inmediatamente anterior a su toma de conciencia de sí mismas. Lo que Westworld hace es presentar a un ser humano vil, incapaz de dominar sus más profundos instintos, con afán controlador e ínfulas divinas, cruel y despiadado. En cambio los huéspedes son criaturas pérdidas que luchan por comprenderse a sí mismas, por encontrar su lugar en el mundo, por luchar contra una opresión invisible que se ejerce a través de ellos mimos. Es decir, vemos como se intercambian los papeles y empatizamos mucho más con los robots, que en realidad no dejan de ser sino una excusa para hablar de las preguntas que nos asolan a los seres humanos desde siempre. El proceso de “despertar” que se produce en los huéspedes es fascinante porque significa una exploración de los mecanismos de la mente, de cómo se percibe la realidad y cómo nos entendemos a nosotros mismos dentro de esa realidad. Es decir, toda la serie no ha sido otra cosa que el propio laberinto que ideó Arnold: un deambular errático por los recovecos del cerebro hasta llegar al centro, con todo lo que ello conlleva. ¿Pero realmente llegamos al centro? ¿Alguno de los huéspedes realmente toma conciencia de sí mismo? Dolores lo hizo en hace treinta años, pero ahora es incapaz. ¿Maeve? Todo indica que sigue bajo el control de Ford "el Titiritero" bajo la apariencia del libre albedrío. Probablemente tendremos que esperar a la siguiente temporada para ver si alguien llega en algún momento al centro del laberinto.

 

            Ahora bien, tras este capítulo conclusivo queda patente que la extrema complejidad de Westworld sólo es llamativa para un minúsculo segmento del público. Haría falta revisionar toda la serie para comprender cada trama porque los guionistas la han enrevesado tanto que es imposible entenderla en su totalidad. Igual que a los ingenieros del parque se les van de las manos sus diseños, a Jonathan Nolan y compañía se les atragantan los guiones. Westworld ha seguido la misma tendencia que las últimas temporadas de Game of Thrones: no sucede nada y casi al final sucede todo de golpe. Parece que esto responde más a una cuestión de provocar asombro e impactar al espectador de forma efectista que de construir narrativas que atrapen y entretengan. ¿Qué lugar queda para el espectador medio de hoy en día? No estamos hablando del televidente de hace 15 años, sino de uno mucho más educado y acostumbrado a la calidad televisiva. Ahora la pregunta más importante es: ¿será Westworld un producto a la altura de HBO o estará tan por encima que acabe por expulsar a parte de su público?

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