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Elogio de la imaginación: Aloys (Tobias Nölle, 2016)

02.12.2016

 

         Vivimos en un mundo eminentemente visual en el que la mayoría de los estímulos tienen lugar a través de la vista. De todos nuestros sentidos, la mirada es nuestro modo de comprender el mundo, pero también de relacionarnos con el resto de seres humanos. Sin embargo, no todos quieren, pueden o siquiera necesitan participar de ese cruce continuo de miradas. Aloys Adorn (Georg Friedrich) es el claro ejemplo. Con una fuerte introversión, rayana en lo patológico, Aloys mira al mundo con avidez, con fascinación, con la intención de aprehenderlo y no soltarlo. Su trabajo de investigador privado le permite observar el mundo sin ser descubierto, como un voyeur en última instancia inofensivo. Pero también se sirve de su videocámara, el único modo que tiene de descifrar una realidad social que para él es igual de compleja que el cuidado de un jardín botánico. Su mirada, potenciada por la lente, le permite entender cómo funcionan las personas, qué las mueve, así como entender la relación con su padre e, incluso, expresar amor. La cámara actúa de interfaz entre él y él mismo, permitiéndole conocerse, comprenderse y expresarse. Sin embargo, Aloys no puede soportar que el mundo le mire a él, se siente horrorizado al verse a través de los demás, que otros le interpreten y, por tanto, le juzguen. Hay varios momentos en los que ve una fotografía suya, un vídeo en el que aparece él o alguien le graba en los que se siente violentado hasta límites insoportables y necesita huir a su refugio mental. Y ahí es donde Aloys tiene su fuerza y su debilidad.

 

          La puesta en escena de la película está totalmente basada en una inmersión sensorial en la mente del protagonista. Tanto el montaje como el diseño sonoro están al servicio casi exclusivamente de introducirnos en la mente de Aloys y hacernos sentir como él: solo, aislado, agredido, pequeño, violento, asqueado, aterrorizado... El montaje discontinuo nos eleva por encima de la realidad terrenal que supondría un montaje basado en el raccord, llevándonos a un mundo fantástico con reminiscencias del flujo de consciencia de Joyce. Es de especial interés como Tobias Nölle representa el aislamiento a través de los espacios. El apartamento es un refugio, un lugar delimitado en el que Aloys se siente seguro de todas las injerencias de un mundo exterior, representado por multitud de sonidos invasivos y de volumen elevado. Pero un gesto tan sencillo como cerrar la puerta le proporciona toda la paz mental que necesita: el silencio más absoluto. Por otro lado, Nölle rodea constantemente al personaje de cristales empañados: la realidad está al otro lado, pero el protagonista sólo puede verla de forma difusa, indefinida, casi abstracta, y todo a pesar de tener la capacidad de, con un simple gesto, retirar el vaho y participar de la realidad social.

 

          Pero Aloys es también un precioso canto a la fantasía, a la capacidad de los seres humanos de encontrarse en los reinos de la imaginación. Gracias a la ayuda de otra alma en pena, nuestro protagonista es capaz de escapar de su propia cárcel mental para explorar los límites de la realidad y romper su aislamiento. Verdaderamente todo sucede en su mente gracias al poder evocador de la voz, pero eso no implica que para él no sea real y que la liberación que experimenta carezca de verdad. Aloys cambia gracias a su amiga Vera (Tilde von Oberbeck) y eso es lo que hace valiosa la película.

 

           Sin embargo la forma, la gran virtud de Aloys, también es su gran defecto. La película se estira durante los 91 minutos que dura apoyándose exclusivamente en un formalismo extremo que funciona, pero puede provocar fatiga. En ocasiones se abusa de recursos estilísticos, provocando cierta pérdida de interés. En cuanto al contenido dramático, no interesa narrar una historia como tal sino más bien retratar a un personaje estimulante, misterioso y tierno que incita a la piedad. En cualquier caso, la película merece toda nuestra atención por lo arriesgado de la propuesta y por esa capacidad que tiene de absorber al espectador y hacerle transitar los mundos de Aloys. Porque en el fondo, todos nos hemos sentido alguna vez aislados y agredidos por un mundo que no nos comprende.

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