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De volcanes y Herzogs: Into the Inferno (Werner Herzog, 2016)

03.11.2016

 

      Werner Herzog nunca defrauda y por eso nos fascina. En su último documental, de la mano de la cada vez más omnipresente Netflix, Herzog se alía con el vulcanólogo Clive Oppenheimer, a quien ya vimos en Encounters at the end of the world (Werner Herzog, 2007). Juntos viajan por todo el planeta visitando volcanes en lugares tan dispares como Vanuatu, Indonesia, Islandia, Etiopía o Corea del Norte, pero como siempre con Herzog, nada es lo que parece: la vulcanología no es más que una mera excusa para indagar en el poderío icónico de los volcanes y en cómo estos influyen en los sistemas de creencias del ser humano.

 

      Hay un momento en el que el vulcanólogo Oppenheimer y el paleoantropólogo Tim White le “roban” sus buenos quince minutos a la película para dedicarse a desenterrar minúsculos fragmentos fósiles de un Homo Sapiens de más de 100.000 años de antigüedad. En esta escena, típicamente herzogiana, se encuentra el corazón mismo de Into the Inferno: por mucho que haya evolucionado el ser humano siempre se sentirá fascinado por el poder de la naturaleza, su fuerza descomunal y sublime. No importa si somos hombres primitivos o socialistas coreanos, de una forma u otra el mundo natural sigue configurando nuestra visión del mundo. Herzog utiliza los volcanes pretexto para hacer un estudio antropológico y comprobar cómo la ominosa influencia de los cráteres está más presente que nunca. Estas montañas pueden servir para conocer mejor el funcionamiento de nuestro planeta y ayudar a salvar vidas. Pero también se puede utilizar para justificar el ejercicio de control sobre un pueblo entero, como es el caso del monte Paektu, en Corea del Norte. Y, en la que es la forma más fascinante, también puede servir como punto de partida para diversos tipos de espiritualidad, desde la más genuina y ancestral a la más charlatana y fraudulenta (aunque no por ello menos real).

 

      Merecen especial interés los personajes que desfilan ante la cámara de Herzog, que a lo largo de su extensa filmografía hemos aprendido a identificar como sus distintos alter egos. Aparte de Clive Oppenheimer encontramos también al hiperactivo paleoantropólogo White; a los vulcanólogos y cineastas Maurice y Katia Krafft; o al jefe Isaac Wan, líder de la iglesia de John  Frum. A todos ellos les une una determinación excéntrica, una pasión desmedida que les confiere un aura de indestructibilidad que les hace trascender. Todos son héroes por el mero hecho de acometer empresas aparentemente dementes, por embarcarse en aventuras descabelladas para la gente “normal” y por ser capaces de dejar de mirar y empezar a ver.

 

          A cualquier espectador del cine de Herzog le llega esta sensación de magia, de búsqueda incansable de aquello que se esconde más allá, a simple vista, tras esta cortina que nos impide ver. Werner Herzog nunca ha tenido esa cortina ante sus ojos y eso es lo que le convierte en un director tan único. Into the Inferno no será la mejor película de su carrera, pero desde luego no es la peor: el genio alemán aún sigue en plenas facultades, o, como dice en la película, “clínicamente cuerdo”. Y nosotros esperamos que sea así por mucho tiempo.

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