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Incomunicación y soledad en Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003)

24.10.2016

 

      El ser humano es un animal social, gregario por naturaleza, necesita la compañía de otros para compartir su existencia. Por eso muchos se afanan por buscar otras personas para estar juntos. De esto trata Lost in Translation, de cómo podemos manejar la soledad y esa melancolía existencial que nos invade en determinados momentos de nuestras vidas. Y la forma en que Sofía Coppola lo hace es sutil pero magistral.

 

        En primer lugar, utiliza el tema del lenguaje como vector a través del cual mostrar la conexión entre comunicación y soledad. Para establecer relaciones con otras personas debemos comunicarnos de alguna manera, por eso no existe mayor soledad que la que se produce cuando estamos rodeados de gente y no tenemos forma de llegar a ellos. Eso es lo que les sucede a Charlotte (Scarlett Johansson) y Bob (Bill Murray): por diversas razones, ambos se encuentran en un momento vital en el que no son comprendidos por nadie, no son capaces de comunicarse con el mundo a su alrededor. Coppola explora el tema mediante un montaje fragmentario, basado en grandes brochazos de información que, como piezas de un gran puzle, el espectador tiene que montar en su cabeza. La narración no sigue una línea recta, lo que provoca que la comunicación entre película y espectador no sea directa, sino que los significados van aflorando poco a poco y de una forma más profunda y sensorial que con un relato clásico. El montaje corta diálogos, acciones, transforma el tiempo en algo líquido, inasible, incalculable.

 

        Pero la incomunicación se puede manifestar en muchas formas. La película está planteada desde la lejanía de los personajes, una distancia física entre cámara e intérpretes que provoca cierta sensación de extrañamiento. Los protagonistas siempre están lejos, apartados, hay una barrera que les impide acercarse a nosotros. Las composiciones son amplias, con individuos totalmente solos en cuadros grandes y vacíos. También se utiliza mucho el recurso de colocar obstáculos entre la cámara y los personajes, impidiéndonos ver, lo cual enfatiza esa sensación de estar rodeado y a la vez totalmente solo. Por último, la paleta de color es fría, aséptica, desapegada y solo se vuelve cálida cuando se produce una conexión, cuando Bob y Charlotte se comunican de alguna manera. Sin embargo, estas muestras son siempre momentáneas, fugaces y muy sutiles o, como en el final, privadas, únicas e irrepetibles.

 

          En un nivel más narrativo hay una utilización muy acertada del silencio, de la noche y del insomnio. Los personajes prácticamente sólo hablan el uno con el otro, y el resto del tiempo lo pasan en silencio, intentando luchar contra la sensación de abandono. La noche, que juega un papel central, se presenta como un espacio de tiempo infinito, indefinido, como si todo se parase y hubiese que vivir en ese estado desamparado para siempre. Si a esto además le sumamos el insomnio que ambos sufren la sensación se acentúa muchísimo más.

 

        Por último, vale la pena dedicar un momento a discutir el rol que juega la ciudad en la película. Tokyo esa una transposición del mundo actual, un lugar fascinante, pero a la vez terrorífico. La urbe se presenta como algo enorme e inabarcable que empequeñece al ser humano, lo reduce a una parte minúscula y lo aplasta. Sin embargo, es al tiempo un anhelo frustrado: tanta gente viviendo junta y tanta soledad. Las personas no se ven, no se reconocen, no se comunican. Los personajes admiran la ciudad, sus rascacielos, sus neones, la gran oportunidad que representa. Pero no conduce a otro lugar que a la frustración por no poder acceder a ello.

 

       El culmen de la película llega con ese susurro de Bill Murray al oído de Scarlett Johansson en medio de una concurrida calle. La conexión entre ellos se produce en ese momento de la forma más directa hasta ahora y sin embargo la conexión entre película y espectador se anula completamente. No sabemos qué le dice, pero queremos saberlo a toda costa: se nos provoca el deseo de la comunicación. Pero relacionarnos el algo muy personal y aquí Coppola trata a sus personajes con un gran cariño y les da privacidad en el momento tan ansiado. Es un gesto muy sutil y difícil que engrandece a la película, a la directora y también al propio cine como contador de historias.

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