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Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015): el hombre crea prisiones

11.10.2016

 

            Triunfadora de los Premios César 2015, el mensaje último que queda en Mustang es el de la esperanza, el de que la mujer puede y debe luchar por vivir en otro mundo que no esté dominado por las doctrinas masculinas. Frente al puritanismo y a la reacción hay posibilidades, se puede luchar contra toda una sociedad obcecada en tradiciones arcaicas más propias de tribus de cazadores-recolectores que de culturas del siglo XXI.

 

            Mustang trata de las prisiones que el hombre construye alrededor de la mujer. En ocasiones esa cárcel es física, con sus paredes y barrotes, pero es la prisión mental la más peligrosa de todas. Mientras que la primera la sufren en sus carnes las chicas protagonistas de la película, la segunda es propia de la generación anterior. Por un lado, nuestras protagonistas, limpias aún del conservadurismo extremo, tienden a la libertad puesto que no conciben otra forma de vivir. Por eso la sociedad, encarnada en su tío y su abuela, levanta muros entre ellas y el mundo, para doblegarlas, para someterlas a un universo en el que el hombre es quien decide por la mujer. Y la abuela es precisamente la otra cara de la moneda: ella ya aceptó la sumisión muchos años antes (igual que algunas de las chicas), su mente es la que vive aprisionada por las convenciones sociales, por “el qué dirán” y, esencialmente, por el miedo.

 

            La película acierta de lleno al mostrarnos los distintos resultados que la imposición provoca en las adolescentes. Hay aceptación, resignación, rechazo trastornado, rechazo pasivo y rechazo activo. Deniz Gamze Ergüven hace una síntesis de la sociedad turca (y posiblemente de casi todas las sociedades en las que el matrimonio concertado aún perdura) a través del ejemplo de cinco chicas que representan a la mujer libre e independiente que es forzada por la figura masculina hegemónica, representada por el tío y refrendada por la mujer sometida (la abuela). Se trata a la vez de un retrato personal y universal.

 

            En cuanto a la forma, hay que estudiar con detenimiento el uso que hace la directora del encuadre. Toda la película está planteada en planos cerrados, opresivos en ocasiones, siempre centrados en los rostros de los personajes y limitando la profundidad de campo. Esto provoca una sensación de claustrofobia, de agobio, de que las paredes se echan encima de las personas. Aparte del uso del encuadre, el espacio juega un papel esencial, ya que la cámara suele moverse exclusivamente dentro de la casa. El ejemplo más evidente de esto son los múltiples planos desde la ventana, evidenciando la imposibilidad que el mismo espectador tiene de salir de ahí. En cambio, se puede respirar libremente cuando las niñas salen (al principio y al final), momentos en los que la planificación se expande a planos generales de espacios abiertos y grandes extensiones, a movimientos de cámara suaves que describen la amplitud de los lugares. Es entonces cuando, tanto el espectador como las niñas, pueden respirar con alivio porque lo peor ya pasó. Sin embargo, no debemos engañarnos, porque la lucha de esas niñas no concluirá ahí ni mucho menos.

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