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The Propaganda Game (Álvaro Longoria, 2015): la vida en Corea del Norte

30.09.2016

 

            El gran valor de The Propaganda Game es que esté íntegramente rodado en Corea del Norte. Pero es a la vez su gran defecto, ya que la película solo muestra lo que permite el tour que organiza el régimen norcoreano por la capital Pyongyang. Por este motivo resulta evidente que a los documentalistas no les quedó más remedio que variar su discurso hacia el tema de la propaganda, para convertir en central la forma en que las autoridades quieren vender su sistema político y su país al resto del mundo. Desde el inicio se produce una sensación de extrañamiento y estupefacción por lo aparentemente feliz que es todo el mundo, por las avanzadas infraestructuras que tienen, por la calidad de vida de sus ciudadanos y por lo dispuestos que están a discutir todo lo que se dice sobre su país. Sin embargo, algo huele a podrido en Corea del Norte, algo no está en su sitio, hay una sensación continua de gran pantomima, de un gran teatro en el que tanto las autoridades como los ciudadanos son actores y en el que los edificios no son más que decorados. Hay que decir que la fachada está bastante bien construida, pero como toda mentira, tiene puntos débiles. Y es precisamente el trabajo de los cineastas encontrar esos puntos débiles: no se puede ver cine americano, ¿pero en la TV de una casa modelo están viendo Brave? Reina un sistema comunista y antiimperialista, ¿y en una tienda hay una nevera de Coca-Cola? Y uno de los puntos más interesantes (por diferente) es la iglesia católica, en el que todo el mundo canta a la perfección, pero en el que no tiene lugar algo tan esencial como la eucaristía.

 

            Otro aspecto fundamental de The Propaganda Game es el personaje de Alejandro Cao de Benós, el único occidental del régimen norcoreano. Es un tipo fascinante porque hace que nos preguntemos qué mueve exactamente a un español cualquiera a simpatizar hasta ese punto con un estado supuestamente totalitario y que vulnera continuamente los derechos humanos. Por no hablar de cómo es posible que ese mismo régimen acepte a un extranjero tan supuestamente devoto del ideario norcoreano. En cualquier caso, Cao de Benós se merecería una propia película para él solo, centrada en su figura y en su trayectoria, tan solo para que nos ayudase a entender muchas de las cuestiones que The Propaganda Game no es capaz de responder.

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