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La dualidad narrativa en Room (Lenny Abrahamson, 2015)

30.09.2016

 

           Room tiene algunas cosas dignas de análisis. Lo más estimulante es cómo se maneja el punto de vista y, en particular, la representación de los espacios. Es admirable la forma en que se plantea un punto de vista no solo de un niño de cinco años, sino de una persona cuyo universo ha estado limitado a cuatro paredes toda su existencia. La forma en que Jack analiza y entiende el mundo, a nivel visual y sonoro, es fascinante tanto cuando está dentro de la habitación como a su salida (es incluso más interesante desde que sale por que el foco se pone en el proceso de adaptación a un universo expandido, es decir, más en el punto de vista que nunca). Cuando Jack y Joy escapan la percepción de la realidad no solo cambia para el niño si no para el espectador, creando una empatía instantánea con el personaje. Probablemente debido a la comodidad de la habitación, a la serenidad de la vida ahí, cuando salimos al principio todo es violento, agresivo, hostil. Las luces de los coches, el sonido de las puertas, las caras de la gente, la amplitud repentina del espacio... Todos los estímulos están magnificados y teñidos de violencia. Los encuadres son incómodos, la mezcla de sonido chirría y provoca malestar, el montaje se vuelve (un poco) brusco, y todo hipercentrado en Jack, con un punto de vista y de escucha (aunque distorsionado) físicamente ubicado en su persona.

 

         Por otro lado, se trata de una película particular en términos narrativos porque podríamos decir que en realidad son dos. Es decir, la primera película está circunscrita a la habitación la mayoría del tiempo y está estructurada en tres actos clásicos que concluyen con la huida de Jack y Joy. En el momento en que escapan el espectador no puede evitar pensar: “que bien llevado, ya hemos llegado al final y no ha habido ningún momento especialmente terrible”. Y sin embargo, tras la escena en que Jack es recogido por un viandante, que podría ser el final perfectamente, vemos como ambos se reúnen y liberan a Joy. Ah, ahora sí. Pero también hay que ver cómo Joy se reúne con sus padres. Vale, tiene lógica, ahora se acaba. Pero resulta que Jack tiene que descubrir el Mundo. Y en este momento arranca la segunda película, que trata de la readaptación de Joy y Jack y que tiene un interés diferente a la primera parte. La existencia de dos películas en una tiene lógica narrativa y es un hallazgo: una historia empieza y termina con la vida en la habitación y otra nueva empieza en el mundo exterior. Sin embargo, esto provoca que esas secuencias que hay entre las dos provoquen desconcierto, que el espectador se sienta a la deriva hasta que se reengancha. “Ah, que ahora nos van a contar cómo se adaptan a su nueva vida, entendido”. Se trata por tanto de un arma de doble filo. Si hubiese que elegir una sola sin duda la primera triunfaría por su apuesta más arriesgada y por lo bien resuelta que está.

 

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