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Hollywood en España: Cien años de perdón (Daniel Calparsoro, 2016)

30.09.2016

 

          Ya desde el primer plano de la película queda claro qué estamos viendo: un intento de imitación del cine hollywoodiense. Cien años de perdón reproduce en todas las disciplinas a los grandes thrillers del cine americano sin lograr estar a la altura. El guion no llega (especialmente a nivel de diálogos, más propios de un estudiante de primero de guion); algunas interpretaciones son sencillamente penosas (¿quién contrató a esa actriz para directora del banco?); los planos de efectos parecen sacados de videojuegos (esos planos de Valencia desde el cielo lluvioso); los personajes están impostados y son estereotípicos y del mismo estilo que los estadounidenses (como el de Raúl Arévalo o Coronado). No se debe intentar imitar un estilo extranjero sino explotar la idiosincrasia propia.

 

          Un ejemplo de buen thriller que bebe de la cultura española (sin por ello ser casposo) es La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014). En Cien años de perdón lo único genuino es la interpretación del Uruguayo (Rodrigo de la Serna) porque incluso los argentinos parecen parodias de sí mismos. Por eso hay un gran error de montaje (y de dirección): acabar la película con Luis Tosar. A nadie le importa Tosar, se trata de un secundario (de lujo, eso sí) toda la película, el auténtico protagonista es el Uruguayo. El plano anterior, en el que se despiden del metro, era perfecto para concluir pero se decide incluir un plano más que no añade nada, es simplemente espectacular y quizá porque rima con los planos del inicio de la película.  Pero narrativamente el espectador se ha identificado enormemente con el Uruguayo, que es el personaje más rico en matices y el mejor interpretado, por eso el final, que estaba dejando buen sabor de boca, se desinfla de golpe.

 

         Otro elemento exasperante de la película es cómo se cuenta lo estúpido que es uno de los personajes. La película está claramente dentro del código del thriller y sin venir al caso las secuencias en las que aparece este personaje con pura comedia. Da la sensación de que el guionista te está tirando a la cara que esto va a ser importante, que no te olvides, que este personaje es realmente tonto.  Hay un gran error de integración narrativa aquí. Es esencial contar que este personaje es tonto por lo que hará más tarde, pero está tan absolutamente descolgado de la película que parece encajado a la fuerza. La solución podría haber sido integrar la estupidez del personaje en otras secuencias de la película, sembrarlo poco a poco, pero durante más tiempo. En general Cien años de perdón es una película que se deja ver, es entretenida y a nivel narrativo está bien llevada, aunque hay que creerse muchas cosas para poder disfrutarla.

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