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Lo que le faltó a El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016)

06.10.2016

 

            Francisco Paesa tiene madera de héroe nacional, pero de esos que gustan a los españoles: pícaro y marrullero. Es inteligente, sociable y si puede robar, lo hace, como se supone que haría cualquiera en este país (“el que no roba es porque no quiere”). Por eso era el personaje perfecto para construir una película a su alrededor y celebrar (sí, celebrar) su figura. Y, lamentablemente, Alberto Rodríguez no sale del todo airoso.

 

           El hombre de las mil caras es un quiero y no puedo. Es una emulación de un lenguaje hollywoodiense que se queda corto, que apunta maneras, pero no llega a florecer. En primer lugar, no consigue captar el interés completamente, solo por momentos, creando zonas de metraje yermo en las que el espectador se descubre pensando en qué va a cenar esa noche. Si se hace una película entretenida al estilo americano se necesita más intensidad, más acción, más localizaciones, más planos y, sobre todo, unos diálogos mucho más ingeniosos. Hay escenas que se sostienen a duras penas (y alguna que ni siquiera) precisamente por la falta de unos diálogos más creíbles, pero a la vez más inteligentes, mezclando humor con esta idiosincrasia tan nuestra. Paesa posee una astucia sin igual, ¿por qué no se nota en su forma de hablar?

 

            Otro de los problemas de la cinta es la comprensión de una trama que a aquellos que éramos niños cuando sucedió nos suena a chino. Es posible que los cineastas cuenten con que el pasado reciente de la historia sigue en las mentes de los espectadores y eso ayudará a rellenar los huecos. Pero El hombre de las mil caras debería sostenerse por sí misma, sin necesidad de complementar acudiendo a la hemeroteca o a la Wikipedia. Hay un filme hollywoodiense, El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2014), que demuestra en la práctica cómo combinar humor, ritmo y, sobre todo, inteligibilidad. La narración en primera persona de Leonardo DiCaprio nos permite seguir el entramado de acciones, bonos, empresas e inversiones en el Wall Street de los ochenta. Y el guionista, Terrence Winter, es lo suficientemente inteligente como para abandonar las explicaciones técnicas cuando se vuelven demasiado complejas y sustituirlas por lo que realmente interesa al espectador: la cuestión humana de la historia.

 

            Por último, todos conocemos a Alberto Rodríguez y su última intención sería la de glorificar a Francisco Paesa. Sin embargo, el retrato que hay de él en la película lo deja en bastante buen lugar, demostrando, si no glorificación, una gran admiración por su figura. Hay que reconocerlo: Paesa es el prototipo de ídolo español. Y tanto por parte de Rodríguez como de Eduard Fernández se nota esa ligera idolatría, esa sensación de “este sí que sabía lo que hacía”. Aunque todo hay que decirlo: Francisco Paesa era un personaje tan digno de admiración como cinematográfico. Una lástima que esta no haya sido su gran ocasión.

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