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Ética de la manipulación cinematográfica: Mommy (Xavier Dolan, 2014)

28.09.2016

 

            Hay tantos aspectos importantes en Mommy sobre los que merecería la pena detenerse que no acabaríamos nunca. Me voy a centrar por tanto en el que considero clave para que sobresalga por encima de la media: su uso de la emoción. El cine se basa en provocar la emoción en el espectador y es explosivo cuando eso sucede. Pero hay que tener una aproximación ética a la hora de hacerlo, porque en última instancia lo que se está haciendo es manipular al espectador. Existen una serie de recursos que pueden provocar la emoción, como son la música o la interpretación. Pero no es lo mismo la forma en que Lo imposible (J.A. Bayona, 2012) provoca el llanto que el modo en que lo hace Mommy. En Lo imposible no se crea una empatía con los personajes, no importan sus vicisitudes, pero si en un momento el director quiere generar una emoción lo consigue con simplemente chasquear los dedos. Y es loable tener esa capacidad, pero hay que insistir en que la forma en que lo hace Bayona no es ética. En cambio, Xavier Dolan va construyendo con artesanía, de forma minuciosa y calculada, una relación entre el espectador y los personajes. El público desarrolla una empatía hacia ellos. Por eso, cuando Dolan hace uso de las herramientas fílmicas para provocar la emoción es moralmente mucho más aceptable porque los personajes importan, se ha generado una relación.

 

          En el momento en el que la madre piensa en todos los deseos que había proyectado sobre su hijo o en todo lo que no podrá ser nunca, Xavier Dolan rompe al espectador en mil pedazos, lo machaca violentamente. El uso de una herramienta tan insultantemente simple como es la relación de aspecto, combinado con la música; la cámara lenta; el desenfoque; un muy inteligente juego con el off-screen, con lo que no se muestra; y con la interpretación; todo esto unido provoca un fortísimo torrente emocional. Y por una vez no existe la sensación de engaño, de manipulación, de que el cineasta está metiéndole el dedo en el ojo al espectador. De hecho, va más allá, incitando al espectador a abandonarse a esa sensación, a la vez de dolor y de sublime placer. Es una sensación tan poderosa que incluso fuera del cine continúa y el espectador no quiere despertar de ese sueño sino disfrutar de los últimos coletazos de la película. Y lo que da más rabia es que alguien tan joven como Xavier Dolan sea capaz de provocar tanto en el público.

 

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